27 de agosto de 2014

CÓMO ARREGLAR EL EXCESO DE SAL EN UN GUISO

Exceso de sal en guiso

Vivir en un sitio con playa es lo que tiene. Que llega el verano y se llena de gente. Bueno, más que de gente así en general, de turistas. Los turistas son unos seres muy curiosos que, sobre todo si son de Madrid, viajan siempre con un vagón del Metro debajo del brazo, y lo van llenando todo de gente. En la playa se les distingue enseguida porque o están crudos o están quemados. Nunca los ves en su punto, tostaditos y apetitosos. Se ve que al sol le falta costumbre y no sabe cómo cocinarlos. Algunos se traen el sol puesto y vale, están morenitos, pero es un sol de lata, de rayos UVA que se dieron en casa antes de venir. Y se les nota. Es un moreno triste, en plan photoshop, que les da un aspecto raro, como de palito de cangrejo que quisiera hacerse pasar por lubina. Los turistas dicen que vienen a la playa a descansar, pero lo de descansar es una excusa. En realidad a lo que vienen es a regañar a la gente. Regañan a los camareros por lentos, a las cajeras del súper por ineficaces, a los conductores autóctonos por incompetentes. Pero yo creo que no lo hacen con malicia. Es que son muy perfeccionistas y en la maleta, junto con el iPad y la crema protectora, nunca se olvidan de meter el cabreo. Un cabreo monumental, ajeno, ciudadano, que salta a la mínima y que lo mismo le monta un pollo importante a una nube que les quita el sol, que a una mosca que los sobrevuela. Dicen que los mosquitos del río, se toman un par de copas en el bar La Gaviota de la ribera, para envalentonarse antes de ir a picar de noche a la casa de un turista. Lo bueno es que no suelen traer el cargador, y según pasan los días el cabreo se les va quedando sin pilas y se vuelven más amables, más comprensivos, menos presurosos, casi, casi humanos. Como si El Puerto, con su malas artes de ciudad antigua y enredadora, los fuera despojando de su costra urbanita, bañándoles con salitre y con Levante, con fresquito de Poniente y solecito sandunguero, perfumándoles de dama de noche y jazmín moruno. Y entonces, casi, casi, se les coge cariño. Pero entonces, un día, desaparecen. Te levantas y ya no están. Como si durante la noche los gusanos se hubieran convertido en mariposillas y la brisa de la mañana los hubiera volado lejos. Al final, a los turistas se les echa de menos cuando se marchan. Pero sólo un ratito.



Y para ese invierno largo que les espera al otro lado de la carretera, va mi truco de hoy. Es para guisotes. Para cuando se nos va la mano con la sal. Buen viaje.







14 de agosto de 2014

CEBOLLA CARAMELIZADA

Cebolla caramelizada

La cebolla caramelizada me trae muchos recuerdos infantiles. Bueno, la cebolla caramelizada y la sin caramelizar, porque de pequeño lo mío con la cebolla era una obsesión. Era ponerme delante una rica ensalada y allí iba yo, ciego por la obcecación y pasando de otros manjares, a por las deliciosas tiras de cebolla cruda, cubiertas de aceite y sal. Sólo las rodajillas de huevo duro me hacían dudar un poco, que un huevo cocido es siempre tentador, pero como le ponían poco y se acababa enseguida, no había problema. Volvía raudo a zamparme la cebolla, pasando de lechugas, tomates, esparraguillos y demás. De ser por mí, en aquella época hubiera desayunado cebolla, comido cebolla y cenado cebolla. Incluso llegué a plantearme que el pan con chocolate de la merienda, podía ganar mucho con una rodajitas de cebolla por en medio. Por lo visto esta afición infantil mía, les resultaba un poco chocante a mis padres. Es más, yo creo que les avergonzaba un poco. De hecho, mi madre intentaba disimular mi adicción cebollil poniéndome mucha colonia cada vez que venían las visitas. Que luego las señoras me besaban y le decían cosas en plan: “qué niño más mono, es para comérselo”. Y añadían en plan víbora: “aunque si te lo comes, igual luego repite”. Y ellas se reían mucho, y mi madre se ponía colorada, me echaba medio litro más de colonia y me mandaba a jugar, oliendo a cebolla marinada en Lavanda Inglesa de Gal. Qué rara esa manía de la gente con que la cebolla huele mal. Aunque también es verdad que, de hecho, casi ninguna colonia lleva cebolla entre sus componentes. Rosas, jazmín, clavel, pachulí y esas cosas sí, pero cebolla no. Igual es por algo. De todas formas debían ser cosas de mayores, porque desde luego yo tenía una intensa vida social y un montón de amigos, que pensaban que olía estupendamente. El hijo del pescadero, la niña que vivía junto a la fábrica de curtido de pieles, el nieto del de la tienda de quesos. Hasta una novia tenía. Ahí, con ocho años, hecho un tío. Se llamaba Lucrecia, era morenita y un poco pálida pero muy guapa, y en invierno, cuando hacía frío, jugábamos a darnos besos sentados calentitos en uno de los ataúdes de la funeraria de su padre.


Y en el vídeo, y sin más dilación, el truco para conseguir una cebolla caramelizada de forma fácil, rápida y sin azúcar.


  


4 de agosto de 2014

PINCHOS DE BACON Y PATATAS FRITAS

Pincho de bacon patatas fritas y pimientos




















Hay días de verano que pasan volando rápidos como esos murciélagos que revolotean a la caída del sol, comiéndose insaciables los minutos de tu tiempo. Te levantas un día despistado, y resulta que es jueves. ¿Cómo que jueves? ¿Y qué ha pasado con mi miércoles? te dices. Y cuando te das cuenta hay por ahí un lunes que a saber dónde lo has puesto, o un viernes que es como las llaves del coche, que nunca sabes dónde lo has dejado. O abres la ventana, se te vuela un domingo de la mesa, se mete debajo de un mueble y no lo vuelves a ver. Y si te has ido fuera, echas en falta días que estabas convencido de que los habías metido en la maleta, junto al flotador y el gorrito de paja, y que no aparecen en todas las vacaciones. O días que te dejaste en casa y que cuando vuelvas seguro que te han inundado el salón de segundos, o esos otros que te dejarán la terraza o el balcón lleno de hojas secas de calendario, por tantos días sin regar. Y así va pasándose el verano, deprisa, deprisa, fast and furious, con días que se pierden en las rendijas del sofá como la calderilla, o días que se te extravían en la arena, como la medallita de oro de la primera comunión que perdíamos de pequeños. Y de repente el verano es una suma desconcertante de días perdidos, de tardes que se volaron, de noches como pavesitas de una hoguera, efímeras y fugaces, que se van llevando tus vacaciones y tu verano a un viaje sin retorno. Y pronto agosto vuelve a ser un viejo sol dormido, colgado de una percha en nuestro armario.


Ingredientes: 1 bolsa de patatas congeladas para freír, 1 paquete de lonchas de bacon, unos pimientos de Padrón (o los que tengáis a mano), aceite de oliva virgen extra, sal.

Preparación: es muy fácil. Cogemos tres o cuatro de esas patatas congeladas de bolsa, listas para freír y las enrollamos en bacón. Clavamos en un palillo un pimiento de Padrón, y lo insertamos en nuestro preparado de bacon con patatas, formando un pincho. Lo freímos en abundante aceite, no demasiado caliente, porque los pimientos de Padrón tienen la piel fina y pueden quemarse. Las patatas congeladas se fríen muy rápido, con lo que cuando el bacon y el pimiento estén fritos, las patatas lo estarán también. Si las patatas no son congeladas, habría que prefreírlas antes o van a quedar crudas. Unos pinchos de bacon con patatas fritas facilitos y resultones.


30 de julio de 2014

CÓMO COCER PASTA RÁPIDO

Cómo cocer pasta rápido

Tradicionalmente los chiringuitos de la playa eran una entidad einsteniana donde la comida era como la energía, nunca se destruía, solo se transformaba. En croquetas, en parte de un revuelto, en tropezones de una ensalada variada de la casa o en comparsa de un arroz. Pero bueno, tenían ese encanto añejo de la informalidad playera, que se sobrellevaba decentemente con un par de vasos de sangría o unos tintos con Casera. Ahora no lo sé. Ahora me pierdo un poco. Aquí en El Puerto de Santa María han puesto este año unos chiringuitos espantosos, de diseño unificado y funcional, modernitos y eso, que parecen cafeterías de hospital. Te sientas en una de sus sillas blancas de plástico a ver la puesta de sol, y tienes la sensación de que en cualquier momento va a aparecer un médico a decirte que el sol ha muerto. O que hay que amputarle los rayos, o atiborrarlo a antibióticos. Da como grimilla. Y es que un chiringuito, o parece hecho con restos de un naufragio, con maderas arrastradas a la orilla por la marea, cubierto con hojas secas de palmera y con una patinilla de salitre, humo y brea, o parece el bar de un tanatorio o un garitillo ibicenco para futbolistas tonto-pijos. Cualquier verano llegamos y en lugar del chiringuito han puesto una máquina de cafés y otra de sándwiches y bollería. Y habrá a quien le guste. Pero bueno, yo lo que os puedo ofrecer es un truco para que, si pasáis del chiringuito y llegáis hambrientos a casa, os podáis zampar un plato de pasta rápido sin cocciones ni esperas. Por si os consuela.


  


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