29 de julio de 2009

TÚNIDO TIBIO EN ENSALADA


El consumo excesivo de ensalada constipa el ánimo, contrae las gónadas y a decir de los expertos provoca astenia espiritual. La típica de lechuga, vamos. Otra cuestión es que ya llamemos ensalada a cualquier cosa. Ensalada de callos y morrillos de ternera, con guarnición de muslitos de pato, por ejemplo. Eso ya es diferente. Pero lo que es la ensalada en sí, la de lechugas y forrajes varios, es un coñazo que se inventó para entretenernos picando hierba mientras llega el arroz o el lechazo. Un matahambre pensado por algún antiguo cocinero astuto que no sabía qué hacer con las malas hierbas del jardín de su casa, les puso nombres molones (rúcula, brotes de primavera, canónigo y cosas así) y se dedicó a venderles a sus clientes las plantas que no se le querían comer ni las cabras. Y como suele suceder con las cosas absurdas (mírese si no el éxito de la corbata) la cosa cuajó. Cuajó y fue a más, dándose el curioso caso de que puede uno tranquilamente ir a un restaurante a comer y salir con más hambre de con la que entró. Y dicho esto, me digo a mí mismo que no deja de ser sorprendente lo que acabo de escribir, dado que a mí las ensaladas siempre me han gustado, como demuestra la receta preparada para hoy. Y entonces ¿tendrá algo que ver la dieta a la que insensatamente (y con la vanidosa intención de caber en un traje de baño del año pasado) me estoy sometiendo? No creo.

Ingredientes: 1 bote de esos de los de cristal de patatas cocidas, 1 calabacín, 1 lata pequeña de cebolla frita, 1 tarro de cristal de bonito del norte (espectacular y muy bien de precio el de la marca Frinsa), aceite de oliva, mayonesa, 2 dientes de ajo, sal, pimienta molida y perejil.
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Preparación: en una sartén con un poco de aceite caliente ponemos los dos dientes de ajo picados y el calabacín cortado en tiras. Cuando cojan color, añadimos el contenido de la lata de cebolla (o media cebolla natural picada si nos apetece más), removemos bien y agregamos, digamos, ocho patatas de las de bote, lavadas y troceadas a nuestro gusto. Sazonamos con un poco de sal y espolvoreamos con pimienta, que va a darle un toquecillo de sabor muy agradable. Removemos, añadimos los tacos de bonito y lo dejamos en el fuego, mezclando bien, un poquito para que se acoplen bien los sabores. Sólo queda retirar la sartén del fuego, agregar un par de cucharadas de mayonesa, mezclar y servir en un plato, espolvoreando con perejil.

23 de julio de 2009

PECADILLOS DE CORN FLAKES


Los postres son el peor enemigo del hombre. El lado oscuro. El reverso tenebroso. Especialmente en verano. Un acosador pertinaz y cabrito que nos persigue desde el principio de los tiempos. Tomemos el caso de Adán y Eva. Estaban en un sitio en el que podían comer de todo, vivir sin trabajar, no madrugar y pasearse en bolas como si aquello fuera una villa de Berlusconi. Una juerga. Entonces ¿por qué acabaron nuestros primigenios padres fuera del Paraíso? Obvio, por culpa del postre. La maldita manzana. Lo que pasa siempre, que no somos capaces de quedarnos satisfechos con un primer plato exquisito y un segundo rotundo y saciante. Que no. Que nos queda siempre un huequecillo. Yo me tomaría algo dulce, decimos insensatos y abrimos la caja de Pandora que, como todo el mundo sabe, estaba llena de calorías. Así empiezan los desastres. Tenía yo en casa unos inocentes corn flakes que podía haberme comido tranquilamente sin grandes pesares. Pues no. La tentadora serpiente se me apareció en forma de natillas, con taimada lengua de mermelada y ojos de sirope de caramelo, y a tomar por saco el paraíso. Postre de obeso al canto. Lo peor no es que nos echaran del Edén, no es que a partir de entonces tuviéramos que ganarnos el pan con el sudor de la frente, ni parir los hijos con dolor. No. Fue que a partir de aquel momento, y ya por toda la eternidad, los postres iban a engordar. Un huevo.

Ingredientes: 1 paquete de corn flakes, 1 envase de natillas de ración, mermelada de naranja amarga, caramelo líquido.

Preparación: no puede ser más sencilla, teniendo en cuenta los muchos y libidinosos deleites que puede proporcionarnos. Cogemos el envase de natillas (preferiblemente Montero que son más consistentes) que tendremos bien frío de la nevera. Lo vaciamos en un bol y le añadimos un puñado de nuestros corn flakes . Removemos bien y lo ponemos (si tenemos) en un aro de emplatar, de esos abiertos por los dos lados. También lo podemos presentar en una copa o a pelo sobre el plato, en plan más rústico. Extendemos sobre nuestra mezcla una capa de mermelada de naranja amarga y adornamos con unos corn flakes. Quitamos el molde, adornamos con unos hilillos de caramelo líquido y listo. Si lo metemos en la nevera mucho rato los cereales se van a reblandecer un poco y la cosa va a perder parte de su gracia, así que lo mejor es tener frías la mermelada y las natillas y zamparse el postre recién hecho.

15 de julio de 2009

BERBERECHOS LÓPEZ


Empieza uno a estar un poco harto de tanta discriminación. Vas a comer por ahí y sólo te encuentras canelones Rossini, solomillos Wellington, burguer King y cosas así. Todo recetas dedicadas a reyes, músicos, soldados o gente famosa en general. Pero ¿qué pasa si te llamas, digamos, López? Nada. Vacío absoluto y clasista discriminación. A menos que seas López de algo. De Vega, por ejemplo y te ponen una calle (pequeña, y como además hay mucho desprecio por la cultura, le quitaron la “z” los muy roñicas) o López de Hoyos y te ponen otra calle (esta grande, que en Madrid lo de los hoyos gusta mucho). Pero en los restaurantes ni caso. Así pues he decidido a poner fin a este anacronismo y cambiar la historia a berberechazos. Dadme una lata de apoyo y moveré el mundo, ese es mi lema. Esta receta de berberechos va a dar mucho juego a los López del mundo entero. Van a entrar por derecho propio en la historia de la gastronomía. Por ejemplo, nadie va a olvidarse a partir de ahora de vuestro apellido. Dirán “hombre, el Sr. López, como los berberechos”. Y eso reconforta. Da entereza y confianza en el género humano. Claro que también puede pasar (que va y pasa) que digas tu apellido y, pese a la ya famosa receta, vayan y te suelten: “anda, berberecho, como el lendakari”. No es fácil ser un López.

Ingredientes: 1 lata de berberechos (que no sean de los muy pequeños, si hay presupuesto para grandes, mejor. Los míos eran marca Frinsa que salen muy bien), 1 sobre de puré de patatas, 1 paquete de lechuga (uno de esos que vienen varios tipos mezclados que le da color), aceite, vinagre, leche, pimienta y sal.

Preparación: en un cazo ponemos a calentar medio vaso de agua, medio vaso de leche un poco de sal y el caldo de nuestra lata (si a alguien le gusta, también puede echarse una bolita de mantequilla,). Cuando veamos que va a hervir, añadimos los berberechos (reservando cuatro o cinco que estén guapos para adornar luego) y puré de patatas hasta que la mezcla espese y se quede a nuestro gusto (mejor vaporosa que mazacote, por favor). Servimos el puré en un plato y lo adornamos con un poco de la mezcla de lechugas (o de brotes tiernos, o de nuestro hierbajo favorito) que habremos aliñado antes mezclándola bien en un bol. Rematamos la faena espolvoreando un poco de pimienta molida, adornando con cuatro o cinco berberechos y un hilillo de aceite de oliva virgen extra. Un entrante rico, fácil y de lo más aparente.

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