10 de diciembre de 2010

MINI LASAÑA DE PISTO (la historia verdadera)

lasaña de pisto
Receta de lasaña de pisto

La historia de esta lasaña es bastante curiosa. Empieza en los años 70, en un apartamento en el que vivía al sur de Brooklyn. Tenía un vecino italiano, aficionado a la cocina, con el que acabé trabando amistad. Era un tipo muy agradable, pero he de confesar que el inicio de nuestra relación fue un poco interesado. Yo pensé en plan listillo, un italiano aficionado a la cocina, me voy a poner morado de pasta rica. Pero qué equivocación. Cocinaba bien, pero nunca pasta. Un día me invitó a comer a casa de sus padres y me dije, ahora sí, ahora sale la mamma tetona, me da dos besos y me saca unos espaguetis con albóndigas de escándalo. Pues no. Su madre era delgada, tenía el pecho afrancesadamente pequeño y nos preparó una bullabesa, deliciosa, pero bullabesa al fin y al cabo. Todo aquello me pareció un poco raro, pero qué no era raro en el New York de aquellos años, así que no le di mayor importancia. Meses después acabé mi master en latas Campbell´s, abandoné Estados Unidos y le perdí la pista. Curiosamente, hace poco y gracias al Facebook, volví a saber de él. Me pareció curioso que me escribiera después de tantos años, pero fue muy agradable recordar aquellas noches del invierno neoyorquino, bebiendo cócteles de sopa de rabo de buey con Jack Daniel´s y oyendo a Chet Baker (bueno, vale, y algo de los Bee Gees). Pero pronto los recuerdos dieron paso a las confidencias. Y lo que me contó me dejó helado. Un secreto que explicaba muchas cosas. Resulta que él y su familia, pertenecían a un grupo clandestino de italianos que odiaban la pasta. Como suena. Puede parecer una tontería. Aunque yo no he conocido a ninguno, seguro que hay italianos a los que no les gusta la pasta. Pero lo suyo era más profundo y venía de antiguo. Tenían por la pasta un odio profundo e irrenunciable. Algunos, incluso, los más radicales, detestaban también el ajo. A tanto llegaba lo suyo, que en los años 20, cuando el fascismo que empezaba a imponerse en Italia, miraba con malos ojos a cualquiera a quien no le gustara la pasta, sus antepasados emigraron a Estados Unidos. Según su abuela, Mussolini tenía un pase, pero los tagliatelle, esos no tenían perdón de dios. La cosa es que en Estados Unidos encontraron un nuevo hogar, aunque para pasar desapercibidos entre sus compatriotas, a veces se pegaban con tomate un espagueti en la corbata, como si se les hubiera quedado allí despistado después de comer. Y era verdad, yo una vez vi uno en la pechera de mi amigo y pensé, vaya cabrón, hoy que no quedamos se pone cerdo (nunca mejor dicho) de pasta rica. La cosa es que todo fue bien hasta que llegó Obama. Convencido de que empezaba una nueva era, mi amigo dejó de ponerse espaguetis en la corbata. Y ese fue su primer error, porque no pasó nada. Nadie se extrañó de verle de verle así y fue cogiendo confianza. Tanta que, ya crecido, se animó a escribir una carta al periódico criticando los macarrones de Delmonico´s y sugiriendo, sutilmente, un cierto desapego por la pasta. Casualmente, a los pocos días fue despedido del trabajo. Claro, y ahora el muy exagerado cree que es víctima de una conspiración. También es verdad que, de repente a sus padres les ha caído una inspección fiscal de sus últimos 20 años, y a la abuela, centenaria, la Oficina de Inmigración le ha incoado un expediente porque parece que su entrada en el país nunca estuvo muy clara. Serán casualidades, digo yo, que es que siempre nos ponemos en lo peor. La cosa es que mi amigo quiere vengarse y me ha hecho llegar el recetario de su familia (sorprendente documento en el que la pasta desaparece de muchas recetas tradicionales) con la intención de que las publique en mi blog. En recuerdo de los viejos tiempos, y por una vez, voy a convertirme en su Wikileaks. Espero no acabar como el Assenge, sobretodo porque a mi (y lo digo alto, claro y públicamente) me encanta la jodida pasta.

Ingredientes: 1 lata de pisto (también lo hay envasado al vacío muy rico), 1 sobre de puré de patatas instantáneo, queso rallado, ajo, pimentón picante, sal y aceite de oliva.

Yo en aquellos maravillosos años
Preparación: en una sartén con un poco de aceite, ponemos el diente de ajo picado a dorar. Cuando esté, añadimos un poco de pimentón picante y raudo, para que no se queme, el contenido de nuestra lata de pisto. Le ponemos un poco de sal, removemos y dejamos a fuego suave hasta que esté borbotee. Lo reservamos. Preparamos el puré instantáneo según las instrucciones, pero añadiéndole queso rallado y un poco de sal. En un recipiente pequeño (una cazuelilla de barro, por ejemplo) extendemos una capa del puré preparado, otra capa por encima del pisto. Una nueva capa de puré, otra de pisto y abundante queso rallado por encima. Lo metemos a gratinar en el horno precalentado a 180 grados, y lo dejamos hasta que el queso se funda y dore un poco.

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