4 de febrero de 2011

ARTÍCULO DE FALSARIUS EN LA REVISTA "ESQUIRE"

ATRACÓN A CESTA ARMADA

Esto que, por fin, hemos dejado atrás no ha sido una Navidad. No. Ha sido la maldición del polvorón, la condena del turrón Suchard de chocolate, la pesadilla de la sobreingesta de calorías navideñas. Un espanto. Vale que el niño Jesús, como manda la tradición y al ser un recién nacido, venga con un pan debajo del brazo. Pero es que el de este año no era un pan lo que traía, era la jodida tienda del gourmet del Corte Inglés. ¿Cómo puede caber tanta cosa debajo de tan recental y estilizado bracito? Y luego el Año Viejo, cascadillo ya pero aún cabroncete, que parecía decir, me han sobrado estos kilos que tenía por ahí guardados y total, como yo ya palmo, quédatelos tú. Y ahí te ves cenando en Nochevieja como si fuera a acabarse el mundo y quisieras ser el muerto más gordo del Apocalipsis. Afortunadamente luego llegaron los Reyes Magos y ya fue otra cosa. Unas cuantas toneladas de roscón de Reyes, hábilmente relleno de nata o chocolate o de ambas cosas a la vez. No puede ser.

Porque además esto de los atracones navideños es un invento muy reciente. Aunque hoy en día nos pueda parecer curioso, antes la gente no comía. En realidad lo de comer es la invención de un grupo de cocineros franceses, que a principios del siglo XIX se dijeron, ya que somos cocineros, sería buena idea que la gente comiera. ¿Te imaginas que todas las personas del mundo tuvieran que sentarse tres veces al día en torno a una mesa y comer? ¡Menudo negocio! Sorprendentemente la cosa cuajó. La costumbre se extendió por el mundo y, cosas de aquella época un tanto clasista, se consideró que no comer era de mal gusto. "No comer es de pobres", se decía con desprecio.

Así pues lo que primero fue una costumbre de la nobleza y la burguesía adinerada, se fue popularizando. Tanto que al final se convirtió en algo vulgar. Empezó a haber comida por todos lados, inventaron colmados, mercados y tiendas de abastos llenas de comida y la gente, mal que bien y en la medida de sus posibilidades, iba zampando todos los días. Las clases pudientes reaccionaron inmediatamente e inventaron entonces el atracón, una curiosa forma de comer de forma desmedida hasta hartarse y no poder más. Especialmente en las fiestas navideñas o cuando sabes que va a pagar otro.

Y en esas estamos.

Cuánto bien habría si retomáramos antiguos hábitos y dejáramos de comer. Lo barato que nos saldría y la de problemas que nos evitaríamos. Desafortunadamente y por culpa de Darwin o uno de esos evolucionistas pelmazos, lo que en principio fue una moda, con el paso del tiempo se ha convertido en una necesidad. Ahora no comes en una temporada y vas y te mueres. Cómo ha degenerado la raza. Porque además, si comes mucho, engordas y se da la paradoja de que si tienes unos kilos de más, la hembra de tu especie rehuye el apareamiento y te extingues como si fueras un panda o una ballena azul. O igual no te extingues, pero pasas unos fines de semana de lo más aburrido, que es casi igual de lamentable.

Así están las cosas, oiga. Yo no sé si esto es bueno o es malo, pero he llegado a un punto en el que empiezo a aborrecer los atracones navideños. Aunque tampoco es tan raro. Me pasa todos los años cuando me miro al espejo, veo lo que hay, y decido que ha llegado el momento de empezar (con tiempo) una nueva operación bikini.
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Artículo publicado en la revista Esquire de febrero del 2010
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