21 de diciembre de 2011

DEGUSTACIÓN GRATUITA: el inicio de la novela de Falsarius Chef


En plan exclusiva absoluta y mundial, os pongo el primer capitulillo de mi novela FABADA A MUERTE EN COCINA FUSIÓN. Para que os hagáis una idea. Que es bueno probar las cosas antes de animarse a comprarlas.




Me llamo Bond, Falsarius Bond
Oye, lo típico que pasa. Que coges el tren para ir a Madrid a firmar unos libros, y acabas medio desnudo, cubierto de sangre y encerrado en un cuarto de baño con un gordo muerto.
Bueno, igual no pasa mucho, pero te pasa y es molesto.
Mira que al ver que estaba ocupado podía haber ido al siguiente, que para eso iba en un tren y había más baños, pero no. Como tenía el día new age, en plan "el tiempo pasa a través de mí, soy como un loto movido por la brisa, soy uno con el universo", me quedé esperando mi turno en la puerta, muy a lo Gandhi, sin imaginar que el universo, el loto y la brisa lo que son es unos cabrones.
Y no es por insultar en vano. Es que mientras estaba mecido por la brisa galáctica oí dentro unas toses convulsas muy terrestres, como de alguien asfixiándose. Preocupado, golpeé la puerta con los nudillos y al hacerlo descubrí que no estaba cerrada.
Me asomé. En el interior del pequeño habitáculo mingitorial había un señor sentado en la taza del váter, afortunadamente con los pantalones subidos, que tenía la cara azul.
Oye, y me mosqueó un poco, porque no parecía un pitufo. No llevaba gorrito y además era muy grande. Grande y, digamos, corpulento, que es lo que se dice en plan fino cuando no quieres llamar gordo a alguien descaradamente.
De repente, al inclinarme sobre él para ver qué le pasaba, me agarró de la muñeca, apretándola con fuerza mientras decía "me muero...".
Y yo tuve que coincidir con él en que aquello buena pinta no tenía. Pero no se lo dije, claro, por delicadeza.
Pero dio igual. Él seguía agarrándome con fuerza, estrujándome aún más la muñeca, y añadió "comer la lata, la lata...", y yo pensé que eso ya era vicio: agonizando y con hambre. Pero tampoco se lo dije porque a partir de ahí todo fue un despropósito.
De un brutal tirón que poco faltó para que me arrancara el brazo, me introdujo en el baño. Se escurrió de la taza del váter en la que estaba sentado, se desplomó entre convulsiones y su generoso corpachón de oronda obesidad ocupó todo el espacio del pequeño recinto, bloqueando la puerta y dejándome encerrado con él.
Escapando de sus convulsas patadas, reculé contra el lavabo y me clavé en la rabadilla el grifo, que empezó a soltar chorros de agua como un loco.
Intentando mantener el equilibrio, porque con el traqueteo del tren y los tirones que me daba, estaba a punto de caerme sobre el agonizante señor, apoyé la mano libre a mis espaldas sin mirar y no tardé mucho en notar algo caliente en la palma. Era sangre. Me había cortado con una lata vacía. Alegría.
Pero no tuve tiempo para preocuparme mucho porque en eso, una voz enérgica y nerviosa resonó al otro lado de la puerta:
—¡Abra inmediatamente! ¡Soy el revisor! ¿Qué pasa ahí?
Y antes de que se me ocurriera nada original que contestar, descubrí que aunque el corte de la mano era pequeño, sangraba un montón, y si ya la escena era dantesca, ahora salpicada con los borbotones de sangre que brotaban de mi mano, era una escena del crimen de las de manual.
El revisor volvió a golpear la puerta, ya un poco tocapelotas, todo hay que decirlo. Pero no me dio tiempo a protestar, porque el obeso tuvo un último espasmo y por fin soltó mi entumecida muñeca, pero sólo para agarrarme fieramente el cinturón, haciendo que los pantalones se me quedaran por las rodillas.
Por fin se quedó definitivamente quieto, tras exhalar un último aliento que le dejó la boca abierta, con un rictus mortal y extraño, como cuando pides café en un restaurante y te dicen que no tienen. Y supe que estaba muerto, porque uno ha visto ya demasiadas merluzas difuntas en su vida, como para no reconocer cuando algo es un cadáver.
Y de repente fui consciente de que estaba encerrado en el ínfimo retrete de un tren con un cadáver enorme, en calzoncillos, chapoteando en agua, rodeado de paredes salpicadas de sangre, y que el hecho de que vistiera de cocinero, llevara una nariz postiza y gafas de plástico, y asegurara llamarme Falsarius Chef, no iba a contribuir a hacer las cosas más fáciles.
La cuestión es que cuando finalmente el revisor consiguió abrir la puerta, no sé cómo, y al ver su rostro horrorizado por la escena que tenía ante él, a mí para arreglarlo sólo se me ocurrió poner mi cara más amigable y decir:
—¡Sorpresa!
       Y lo que es peor. Me seguía haciendo pis.





Podéis encontrarlo en sitios como el Corte Inglés, la Fnac, la Casa del Libro, Amazon y en un montón de librerías. En cualquier caso, si el librero de tu barrio no lo tiene, puede pedirlo a la distribuidora (Udl Libros) y será rápidamente atendido.
Pues eso, si os animáis a leerlo, ya me contaréis.


EditorialCOMPAÑÍA ORIENTAL DE LA TINTA
Autor: Falsarius Chef
ISBN: 978-84-937405-6-6
Precio con IVA: 18.00 €



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