En plan exclusiva absoluta y mundial, os pongo el primer capitulillo de mi novela FABADA A MUERTE EN COCINA FUSIÓN. Para que os hagáis una idea. Que es bueno probar las cosas antes de animarse a comprarlas.
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| Me llamo Bond, Falsarius Bond |
Oye, lo típico que pasa.
Que coges el tren para ir a Madrid a firmar unos libros, y acabas medio
desnudo, cubierto de sangre y encerrado en un cuarto de baño con un gordo
muerto.
Bueno, igual no pasa mucho, pero
te pasa y es molesto.
Mira que al ver que estaba ocupado
podía haber ido al siguiente, que para eso iba en un tren y había más baños,
pero no. Como tenía el día new age, en plan "el tiempo pasa a
través de mí, soy como un loto movido por la brisa, soy uno con el
universo", me quedé esperando mi turno en la puerta, muy a lo Gandhi, sin
imaginar que el universo, el loto y la brisa lo que son es unos cabrones.
Y no es por insultar en vano. Es
que mientras estaba mecido por la brisa galáctica oí dentro unas toses
convulsas muy terrestres, como de alguien asfixiándose. Preocupado, golpeé la
puerta con los nudillos y al hacerlo descubrí que no estaba cerrada.
Me asomé. En el interior del
pequeño habitáculo mingitorial había un señor sentado en la taza del váter,
afortunadamente con los pantalones subidos, que tenía la cara azul.
Oye, y me mosqueó un poco, porque
no parecía un pitufo. No llevaba gorrito y además era muy grande. Grande y,
digamos, corpulento, que es lo que se dice en plan fino cuando no quieres
llamar gordo a alguien descaradamente.
De repente, al inclinarme sobre él
para ver qué le pasaba, me agarró de la muñeca, apretándola con fuerza mientras
decía "me muero...".
Y yo tuve que coincidir con él en
que aquello buena pinta no tenía. Pero no se lo dije, claro, por delicadeza.
Pero dio igual. Él seguía
agarrándome con fuerza, estrujándome aún más la muñeca, y añadió "comer la
lata, la lata...", y yo pensé que eso ya era vicio: agonizando y con
hambre. Pero tampoco se lo dije porque a partir de ahí todo fue un
despropósito.
De un brutal tirón que poco faltó
para que me arrancara el brazo, me introdujo en el baño. Se escurrió de la taza
del váter en la que estaba sentado, se desplomó entre convulsiones y su
generoso corpachón de oronda obesidad ocupó todo el espacio del pequeño
recinto, bloqueando la puerta y dejándome encerrado con él.
Escapando de sus convulsas
patadas, reculé contra el lavabo y me clavé en la rabadilla el grifo, que
empezó a soltar chorros de agua como un loco.
Intentando mantener el equilibrio,
porque con el traqueteo del tren y los tirones que me daba, estaba a punto de
caerme sobre el agonizante señor, apoyé la mano libre a mis espaldas sin mirar
y no tardé mucho en notar algo caliente en la palma. Era sangre. Me había
cortado con una lata vacía. Alegría.
Pero no tuve tiempo para
preocuparme mucho porque en eso, una voz enérgica y nerviosa resonó al otro
lado de la puerta:
—¡Abra inmediatamente! ¡Soy el
revisor! ¿Qué pasa ahí?
Y antes de que se me ocurriera
nada original que contestar, descubrí que aunque el corte de la mano era
pequeño, sangraba un montón, y si ya la escena era dantesca, ahora salpicada
con los borbotones de sangre que brotaban de mi mano, era una escena del crimen
de las de manual.
El revisor volvió a golpear la
puerta, ya un poco tocapelotas, todo hay que decirlo. Pero no me dio tiempo a
protestar, porque el obeso tuvo un último espasmo y por fin soltó mi entumecida
muñeca, pero sólo para agarrarme fieramente el cinturón, haciendo que los
pantalones se me quedaran por las rodillas.
Por fin se quedó definitivamente
quieto, tras exhalar un último aliento que le dejó la boca abierta, con un
rictus mortal y extraño, como cuando pides café en un restaurante y te dicen
que no tienen. Y supe que estaba muerto, porque uno ha visto ya demasiadas
merluzas difuntas en su vida, como para no reconocer cuando algo es un cadáver.
Y de repente fui consciente de que
estaba encerrado en el ínfimo retrete de un tren con un cadáver enorme, en
calzoncillos, chapoteando en agua, rodeado de paredes salpicadas de sangre, y
que el hecho de que vistiera de cocinero, llevara una nariz postiza y gafas de
plástico, y asegurara llamarme Falsarius Chef, no iba a contribuir a hacer las
cosas más fáciles.
La cuestión es que cuando
finalmente el revisor consiguió abrir la puerta, no sé cómo, y al ver su rostro
horrorizado por la escena que tenía ante él, a mí para arreglarlo sólo se me
ocurrió poner mi cara más amigable y decir:
—¡Sorpresa!
Y lo que es peor. Me seguía haciendo pis.
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Pues eso, si os animáis a leerlo, ya me contaréis.
Editorial: COMPAÑÍA ORIENTAL DE LA TINTA
Autor: Falsarius Chef
ISBN: 978-84-937405-6-6
Precio con IVA: 18.00 €