13 de marzo de 2012

¿A QUIÉN ME RECORDARÁ ESTE COCINERO?


Os traigo un fragmento de mi novela "Fabada a muerte en Cocina Fusión". Ahora que lo vuelvo a leer caigo en la cuenta que el cocinero de ficción que aparece en el relato me recuerda a un chef famoso. Igual son cosas mías.


De repente, una voz resonó llamándome entre la multitud. Me giré y le vi acercarse, abriéndose paso entre la marea humana. Era Fernán Sarriá, el genial cocinero catalán, famoso en todo el planeta. Y me llamaba sonriente. Y me sorprendieron las dos cosas. Que me llamara a mí y que lo hiciera sonriente. Se ve que me había perdonado.
La historia no era fácil de contar. Digamos que hay quien dice que yo, en una época remota, trabajé con Sarriá en los inicios de El Tulli, su famoso restaurante de la costa gerundense. Y digamos que cuentan que Sarriá tenía un pequeño perro al que adoraba, y que presuntamente estaba muy encariñado conmigo y andaba siempre rondando entre mis piernas, porque le daba a escondidas taquitos de jamón de pata negra. Sí, taquitos, que al perro las lonchitas finitas esas de ahora, no le gustaban. Él prefería los tacos. Y si eran gordos, más agradecido movía la colita.
Pues bien, dicen que un día andaba yo manipulando un recipiente grande con nitrógeno líquido, con el que Fernán hacía sus primeros experimentos de cocina creativa, con Tulli, el pequeño perro que dio nombre al restaurante, enredando a mi lado como de costumbre. Fatalmente, quiso el destino que tropezara con él y dejara caer el nitrógeno líquido sobre el simpático animalillo. Y lo que pasó no fue muy agradable. El pobre perro quedó instantáneamente congelado. Con una patita extendida y la lengua fuera, como siempre que me pedía jamón. Parecía una escultura de hielo. Bastante mona, por cierto. Como de Lladró.
Pero Sarriá que pasaba por allí y observó la escena horrorizado, no estaba para sutilezas estéticas. Se acercó apesadumbrado a su querida mascota y le dio unos cariñosos golpecitos en la cabeza para ver si reaccionaba. Pero no reaccionó. Lo que hizo en su lugar, fue romperse en mil pedazos.
Dadas las circunstancias, y según cuentan, no hizo falta ni que me despidieran. Yo mismo cogí mis cosas y me fui de allí cabizbajo y silencioso, jurándome a mí mismo que nunca volvería a trabajar con nitrógeno líquido. Al pobre Fernán aquello también le afectó mucho y él, que era un fanático de cocinar escudella, suquets, zarzuelas o alubias con butifarra, cambió radicalmente y empezó a hacer la cocina que hace ahora con deconstrucciones, síntesis, humos y esas cosas que le han hecho ser reconocido mundialmente como un genio. El Dalí de los fogones. Un místico de la cocina.
Y ahora, tantos años después, al verle acercarse hacia mí, pensé que igual era aquel misticismo el que le hacía levitar. ¿Levitar? Bien pensado, eso era demasiado incluso para Sarriá.
Pero no. Llegó a mi lado, acompañado de su hermano, y efectivamente flotaba a un palmo del suelo. Eso explicaba por qué su hermano lo llevaba sujeto por la pierna, atado con una cuerda. Lo que no explicaba era el porqué levitaba.
Yo pensé que tanta genialidad y tanto concepto etéreo de la comida no podían ser buenos. Que se acababa volviendo uno demasiado espiritual y pasaba lo que pasaba. Juntas eso con la tramontana, que es un viento raro que sopla por su tierra y te deja un tanto tocadillo, y ¿qué ocurre? Que acabas levitando.
Pero no. Resultaba que, como me explicó su hermano, habían estado haciendo una presentación gastronómica, con un nuevo tipo de helio superpotente. Lo habían desarrollado especialmente para su cocina en el Instituto Tecnológico de Massachussets y conseguía alimentos que flotaban sobre el plato. Una cosa increíble. Otra revolución.
El problema es que por lo visto, Fernán había sufrido una sobreexposición y ahora tenía un pequeño problema de volatilidad. Y un cierto colocón, gaseoso, añadí yo para mis adentros, porque se le veía más iluminado que de costumbre. Yo creo que por eso estaba tan cariñoso conmigo. De hecho le oías hablar y no sabías si era él o era Punset.
—La lata, Falsarius, la lata —dijo de repente. Y a Laura y a mí se nos pusieron los ojos como soperas. ¿Qué sabía Sarriá de las latas?
Pero fue una falsa alarma. Por lo visto, en aquel momento estaba muy interesado en el mundo de las conservas. Y estaba diseñando una latas que asimilaban el sabor de su contenido y eran totalmente comestibles. Sin colesterol y bajas en calorías, añadió su hermano que es más práctico y siempre tiene los pies en la tierra. Literalmente, en aquel caso.
—El continente es el contenido, Falsarius. La esencia, la fusión absoluta. Tú tienes que entenderlo.
Le dije que sí, claro, aunque después de tantos años de trabajar con ellas, se me hacía un poco cuesta arriba imaginarme comiéndome una lata. Pero, claro, yo es que de genio tengo poco. Y me cuesta.
Laura por su parte estaba empezando a impacientarse. La conferencia de Wen Hai estaba a punto de empezar y había que estar preparados. Nos despedimos y no nos habíamos alejado ni un par de pasos cuando a modo de despedida me dijo:
—Falsarius, el Tulli te quería.
Nos miramos en silencio. Creo que se había emocionado recordando a su mascota. Asintió un par de veces con la cabeza, como reafirmando sus palabras, y de su ojo brotó una lágrima azulada que se descolgó del párpado y empezó a flotar despacio hacia el alto techo del Cocina Fusión. O eso me pareció. Cosas del helio, supongo. En cualquier caso era precioso. Parecía que me había comido un tripi.
Fernán se quedó mirando la lágrima que se perdía lentamente en el espacio, posó la mano en el brazo de su hermano y le dijo:
—Apunta: lágrimas de bogavante que salen flotando de una espuma de judías blancas...
Sarriá en pleno proceso creativo. Aquello era alucinante. Pero Laura tiró de mí arrastrándome y nos perdimos entre la muchedumbre.
Entusiasmado, le pregunté qué le había parecido lo de Sarriá levitando y la lágrima azul flotando hacia el cielo, y ella me miró con cara rara. Entonces caí en la cuenta. Qué despiste. Con tantas prisas y tanta actividad se me había pasado la hora de tomar mi medicación.



Os pongo aquí la portada y los datos de la novela por si con la cosa del Día del Padre os ha dado el arrebato irresistible de regalarle este libro.


Editorial: COMPAÑÍA ORIENTAL DE LA TINTA
Autor: Falsarius Chef
ISBN: 978-84-937405-6-6
Precio con IVA: 18.00 €
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