14 de agosto de 2014

CEBOLLA CARAMELIZADA

Cebolla caramelizada

La cebolla caramelizada me trae muchos recuerdos infantiles. Bueno, la cebolla caramelizada y la sin caramelizar, porque de pequeño lo mío con la cebolla era una obsesión. Era ponerme delante una rica ensalada y allí iba yo, ciego por la obcecación y pasando de otros manjares, a por las deliciosas tiras de cebolla cruda, cubiertas de aceite y sal. Sólo las rodajillas de huevo duro me hacían dudar un poco, que un huevo cocido es siempre tentador, pero como le ponían poco y se acababa enseguida, no había problema. Volvía raudo a zamparme la cebolla, pasando de lechugas, tomates, esparraguillos y demás. De ser por mí, en aquella época hubiera desayunado cebolla, comido cebolla y cenado cebolla. Incluso llegué a plantearme que el pan con chocolate de la merienda, podía ganar mucho con una rodajitas de cebolla por en medio. Por lo visto esta afición infantil mía, les resultaba un poco chocante a mis padres. Es más, yo creo que les avergonzaba un poco. De hecho, mi madre intentaba disimular mi adicción cebollil poniéndome mucha colonia cada vez que venían las visitas. Que luego las señoras me besaban y le decían cosas en plan: “qué niño más mono, es para comérselo”. Y añadían en plan víbora: “aunque si te lo comes, igual luego repite”. Y ellas se reían mucho, y mi madre se ponía colorada, me echaba medio litro más de colonia y me mandaba a jugar, oliendo a cebolla marinada en Lavanda Inglesa de Gal. Qué rara esa manía de la gente con que la cebolla huele mal. Aunque también es verdad que, de hecho, casi ninguna colonia lleva cebolla entre sus componentes. Rosas, jazmín, clavel, pachulí y esas cosas sí, pero cebolla no. Igual es por algo. De todas formas debían ser cosas de mayores, porque desde luego yo tenía una intensa vida social y un montón de amigos, que pensaban que olía estupendamente. El hijo del pescadero, la niña que vivía junto a la fábrica de curtido de pieles, el nieto del de la tienda de quesos. Hasta una novia tenía. Ahí, con ocho años, hecho un tío. Se llamaba Lucrecia, era morenita y un poco pálida pero muy guapa, y en invierno, cuando hacía frío, jugábamos a darnos besos sentados calentitos en uno de los ataúdes de la funeraria de su padre.


Y en el vídeo, y sin más dilación, el truco para conseguir una cebolla caramelizada de forma fácil, rápida y sin azúcar.


  


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